Relax

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jueves, 19 de enero de 2017

LA PARTIDA



Ordené que trajeran mi caballo de la caballeriza. El criado no me entendió, así que fui al establo yo mismo. Ensillé el caballo y lo monté. A la distancia oí el sonido de una trompeta y pregunté al mozo qué significaba. No sabía nada; no había oído sonido alguno. En el portón me detuvo y me pregunto: 
— ¿ A donde va, señor ?
 No sé — respondí —  sólo quiero partir, sólo nada más que partir. Solo así lograré llegar a mi meta. 
— ¿ Entonces conoce usted la meta ? — pregunto él.
— Sí — contesté —. Ya te lo he dicho. Partir es mi meta.
 ¿ No lleva provisiones ? — preguntó.
No me son necesarias — respondí —  el viaje es tan largo que moriré de hambre si no consigo alimentos por el camino. No hay provisión que pueda salvarme. Por suerte es una viaje realmente interminable.

Franz Kafka 

sábado, 7 de enero de 2017

UNA REFLEXION EPICUREISTA: LA PERCEPCION Y LA VALORACION DE LO PERCIBIDO



Puede imaginarse la siguiente escena: en una tarde soleada, Epicuro se encuentra en el Jardín, tal vez echado sobre la hierba, a la sombra de un árbol, rodeado de discípulos, entre los que se encuentra alguna de las heteras que se aceptaban como alumnas. Epicuro se ve asaltado por alguno de los dolores crónicos que atormentan su sufrido cuerpo, y la hetera a quien estaba aleccionando se ofrece para masajearle y calmar su dolor, mientras otro alumno le acerca una inusitada copa de vino para que se relaje. Justo en este momento, por encima de un muro se asoma una cabeza: se trata de uno de esos severos moralistas enemigos del orador, quien, alarmado por los rumores que circulan acerca de la comunidad epicúrea, ha acudido al Jardín para ver con sus propios ojos los actos de depravación que allí se cometen y poder rasgarse las vestiduras (la túnica, en su caso) a fin de expresar su escándalo. 

Según la visión atomista-epicúrea del universo, la escena del Jardín no sería más que una conjunción de objetos formados por átomos y vacío. Los átomos que se sitúan en la superficie de los cuerpos abandonan constantemente su lugar, que es ocupado de inmediato por otros átomos que se colocan temporalmente en la estructura superficial del objeto para abandonarla al poco tiempo y ser a su vez reemplazados por un nuevo grupo de átomos. Esto produce un flujo continuo de átomos desde la superficie de los objetos hacia el exterior, átomos que viajan por el aire «transmitiendo» la forma del objeto y permitiendo que sea captada por nuestros sentidos (idéntico proceso se sigue con los sonidos y los olores). Así pues, las películas exteriores del cuerpo de Epicuro, cuyo rostro refleja una mueca de dolor, del cuerpo de la hetera que masajea al maestro, y de la copa de vino que le ha acercado el discípulo atraviesan el aire del Jardín y llegan hasta los ojos del fisgón que se asoma por encima del muro, y que está a punto de rasgarse la túnica. Allí, los átomos de anima situados en los ojos del observador captan la transmisión y la llevan a su animus, que es donde se atribuye significado a la escena. 

Evidentemente, el significado que este valeroso enemigo del hedonismo atribuye a la escena (vista a semejante distancia, tal vez desde una perspectiva que induce al equívoco, o tal vez interrumpida parcialmente su visión por el follaje de algunos árboles del jardín) es que Epicuro está recibiendo favores sexuales de una concubina, como bien demuestra la mueca que sacude el rostro del favorecido y los movimientos de la mujer sobre su cuerpo, así como el hecho de que, para mayor escándalo, la impúdica depravación se riegue en alcohol, lo que viene a confirmar los rumores sobre aquel antro de perdición conocido como el Jardín, tal como nuestro adorable moralista explicará a otros rectos ciudadanos de Atenas...

viernes, 6 de enero de 2017

TRES PIPAS

 
 
 
Cuenta una leyenda india que un miembro de la tribu se presentó fuera de sí ante el jefe, para hacerle saber que iba a tomar venganza contra un enemigo que lo había ofendido. Pensaba ir corriendo y matarlo sin piedad.

El jefe lo escuchó y le propuso que fuera a hacer lo que pensaba, pero que antes llenara su pipa de tabaco y la fumara a la sombra del árbol sagrado.

Así lo hizo el guerrero. Fumó bajo la copa del árbol, sacudió las cenizas y decidió volver a hablar con el jefe para hacerle saber que lo había pensado mejor, que entendía que era excesivo matar a su enemigo, pero que había decidido pegarle una paliza inolvidable.
 
El anciano jefe volvió a escucharlo y aprobó su decisión, pero le hizo ver que, ya que había cambiado de opinión, debería volver al mismo lugar y fumarse otra pipa.

Así lo hizo el indio. Fumó y meditó. Al terminar, regresó ante el cacique para comentarle que estimaba excesivo el castigo físico, pero que iría a afearle su conducta delante de todos para que se avergonzara.

Con bondad, fue escuchado de nuevo por el anciano y orientado para que repitiera su conducta y la meditación.

Bajo el árbol centenario, el guerrero convirtió el tabaco y el enfado en humo.

Pasado el tiempo, volvió ante el jefe para decirle que lo había pensado mejor y que había decidido acercarse a quien lo agredió y darle un abrazo:

- Así, no será mi agresor sino que recuperaré al amigo que, seguramente, se arrepentirá de lo que ha hecho.

El anciano jefe le regaló dos cargas de tabaco para que ambos fueran a fumar juntos al pie del árbol y le comentó:

- Eso quería pedirte, pero no era yo quien debía decírtelo sino tú mismo; era necesario darte tiempo para que lo descubrieras.